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    ¿Cómo explicar las diferencias entre los mandamientos sabáticos de Éxodo 20:8-11 y de Deuteronomio 5:12-15? El mandamiento sabático no solo se refiere a la creación sino también a la salvación. Guardamos el sábado porque Dios nos ha creado y nos ha salvado [...]

30 de julio de 2016

La Arqueología Egipcia

­Cuando hablamos de Egipto, surge ante nuestros ojos un país donde floreció una de las más antiguas civilizaciones, principalmente el largo y angosto valle de un río que, en el mapa, parece una serpiente, con un promedio de unos ocho kilómetros de ancho y unos 800 de largo.

Este país - sobre el cual una vez José fue primer ministro y donde recibió su educación Moisés, el dador de la Ley – es una tierra de contrastes. El 99% de la población vive en un 3% de su suelo; el resto es desierto. "Egipto es un don del Nilo", dijo Herodoto. La estrecha franja de tierra fértil siempre ha debido su vida a ese río, puesto que la completa ausencia de lluvias ha forzado a su población a depender de la inundación anual del Nilo.

La excepcional sequedad del clima es la causa de la preservación de muchos edificios y de una enorme cantidad de material perecedero que en otros países se hubiera desintegrado hace mucho. Más todavía, ninguna nación antigua poseyó mayores arquitectos y constructores que Egipto. Sus fascinantes monumentos de piedra - pirámides, obeliscos y templos - han sobrevivido a los milenios y son todavía testigos elocuentes del notable arte de ingeniería de los antiguos egipcios.

LA PIEDRA DE ROSETTA

El año 1798 es la fecha del nacimiento de la arqueología bíblica en general y de la arqueología egipcia en particular, cuando Napoleón, durante su campaña militar en Egipto, estuvo acompañado por un numeroso grupo de eruditos, arquitectos y artistas a quienes se encomendó estudiar y describir los restos del antiguo Egipto. Esos hombres realizaron una tarea maravillosa y publicaron 24 imponentes tomos como resultado de sus estudios. Esos libros todavía son valiosos pues muchos monumentos y muchas inscripciones descritas por esos eruditos franceses se han destruido desde entonces.

Sin embargo, el mayor descubrimiento fue realizado por el ejército francés al hallar la ahora famosa piedra de Rosetta en 1799. Ella se convirtió en la clave para descifrar la misteriosa escritura jeroglífica egipcia. Esta losa de basalto negro llegó a manos de los británicos junto con los despojos de la guerra y desde aquel tiempo es uno de los más valiosos objetos en las fabulosas colecciones del Museo Británico de Londres.

La inscripción trilingüe de la piedra se repite en griego, demótico (la escritura cursiva tardía egipcia) y en jeroglíficos (escritura pictórica primitiva). Con la ayuda de la parte griega comprensible, los eruditos inmediatamente trataron de resolver las otras dos escrituras desconocidas.

El diplomático sueco Akerblad comenzó con buen éxito el desciframiento de la porción en 1802 y el médico inglés Tomás Young pudo publicar la interpretación correcta de unos pocos signos, jeroglíficos en 1819, después de muchos años de esfuerzos infructuosos. Sin embargo, el desciframiento completo fue hecho por Juan Francisco Champollion, un inteligente joven francés, en 1822.

Aunque los textos egipcios sólo pudieron ser leídos desde entonces, se necesitó el esfuerzo combinado de muchos eruditos más -entre los cuales han descollado Erman, Sethe y Gardiner- para colocar la reconstrucción del antiguo idioma egipcio sobre una base científica. Pasaron casi 70 años desde los esfuerzos iniciales de Champollion antes de que se publicara la primera gramática satisfactoria de los jeroglíficos egipcios, y más de 100 años antes de que se produjera un diccionario egipcio adecuado, de 4.200 páginas.

Puesto que los textos egipcios están escritos con escritura pictórica [ideográfica] con sólo consonantes - sin vocales - en centenares de caracteres, su lectura e interpretación es todavía una tarea difícil para todo egiptólogo. No obstante, se ha hecho aprovechable una gran cantidad de literatura secular y religiosa así como evidencias históricas que han colocado sobre una base firme la reconstrucción de la historia política y religiosa del antiguo Egipto.

LA RESURRECCIÓN DEL ANTIGUO EGIPTO

Lado a lado con la investigación lingüística marchó el trabajo de los arqueólogos efectuado sobre el terreno. Esto fue realizado en la primera mitad del siglo XIX por expediciones de investigadores que copiaron las inscripciones de los templos y describieron todos los restos visibles del antiguo Egipto. La más importante de ellas - la gran expedición prusiana de 1842-1845 -, encabezada por Lepsius, copió y describió casi todo lo que estaba a la vista en Egipto. Después aparecieron los resultados en 12 monumentales tomos que difícilmente hayan sido sobrepasados jamás en tamaño; cada uno mide 75 por 60 cm.

No se hizo ninguna excavación sistemática durante la primera mitad del siglo XIX. Tan sólo los lugareños excavaban y vendían una buena cantidad de antigüedades a los representantes de los grandes museos de las naciones europeas, que durante ese tiempo formaron ricas y fabulosas colecciones.

Un cambio se produjo con el nombramiento de Mariette para que encabezara el nuevo Departamento de Antigüedades del gobierno egipcio. Debido a su buena fortuna, mientras buscaba manuscritos cópticos, él descubrió el serapeo, el templo donde eran guardados y sepultados los toros sagrados.

Mediante perseverancia, rudeza y aun el uso de la fuerza, consiguió que se eliminaran las excavaciones ilegales, y concentró el control de ellas en sus manos y en las de sus subordinados. Durante su tiempo, comenzó a fluir hacia el Museo de El Cairo el fabuloso tesoro del antiguo Egipto que hoy se ha convertido en la mayor colección de arte antiguo egipcio, del mundo.



Durante los 31 años de la administración de Mariette se realizó un gran descubrimiento: el lugar secreto que había albergado a un gran número de los famosos faraones durante más de 3.000 años. Sus tumbas habían sido saqueadas en la antigüedad, y un piadoso rey había coleccionado las momias de sus ilustres predecesores y las había depositado en una caverna artificial, en un lugar alto de los riscos del desierto occidental, cerca de Tebas, la capital del Alto Egipto.

De esa cueva procedió el cuerpo del gran guerrero Tutmosis III que conquistó toda Palestina a comienzos del siglo XV AC, y probablemente fue el faraón de la opresión de los israelitas. También estuvieron allí Ramsés II, el héroe de la batalla de Kadesh contra los hititas, la momia de Ramsés III, que se convirtió en el salvador de Egipto cuando los pueblos del mar amenazaron invadirle en el siglo XII.

Con ellos hubo muchos otros monarcas de renombre y fama. Durante muchos años, los cuerpos sin ataduras y desnudos de esos hombres - delante de los cuales habían temblado las naciones y que habían sido adorados como dioses por sus contemporáneos - fueron exhibidos en el Museo de El Cairo en vitrinas de vidrio: mudos e impresionantes testigos de la gloria y el poder pasajeros del mundo. Ahora pueden verse únicamente en una sala especial del museo.

LAS EXCAVACIONES CIENTÍFICAS

Cuando Gastón Maspero se encargó de la administración del Departamento de Antigüedades en 1881, comenzó una nueva era. Se invitó a eruditos e instituciones del extranjero para que estudiaran las antiguas reliquias de Egipto y para que realizaran excavaciones. Un buen número de instituciones científicas, museos y gobiernos aprovecharon esa oportunidad pues se les prometía una buena participación en los objetos descubiertos como recompensa por sus esfuerzos y gastos. Realizaron una prodigiosa cantidad de trabajo para recuperar la antigua cultura e historia de Egipto mientras continuó en vigencia esa disposición generosa hacia la obra arqueológica de los eruditos extranjeros.

Ninguna investigación de la arqueología egipcia sería completa sin mencionar a Sir Flinders Petrie, que siendo joven comenzó a trabajar en la década de 1880 y que se convirtió en el padre de las excavaciones científicas iniciando cuidadosos métodos de excavación, registro y preservación de cada hallazgo. Ese trabajador infatigable realizó excavaciones en Egipto y la vecina Palestina durante casi 60 años y fue autor o coautor de más de 80 libros de arqueología.

Son muchas expediciones que han trabajado en Egipto desde la década de 1880. Las pirámides - son más de 100 - han sido cuidadosamente exploradas e investigadas y sus templos adyacentes han sido excavados. Han salido a la luz millares de tumbas reales y particulares y la riqueza de su contenido se ha publicado y colocado en las colecciones de arte de los principales museos de Europa y América. El mayor y más sensacional de estos hallazgos fue el descubrimiento hecho por Carter de la tumba intacta del rey Tutankamón, en 1922.

En su búsqueda, Carter había removido 70.000 toneladas de arena y fragmentos de piedras durante varios años. Esa tumba con sus miles de objetos - joyas, muebles, herramientas, armas, vasos y ropas - y los muchos sarcófagos, incluso el más oculto de puro oro en que yacía el rey, hicieron más para popularizar la egiptología y atraer turistas a esa tierra misteriosa de venerable antigüedad que todos los esfuerzos combinados de los cien años previos.

Fuente: Texto Bíblico

29 de julio de 2016

El Nacimiento de la Arqueología Bíblica

Cuando Sir Isaac Newton escribió su Chronology of Ancient Kingdoms (Cronología de los Reinos Antiguos), publicada en 1728, sus fuentes documentales fueron la Biblia y las obras de los escritores clásicos griegos y romanos.

Sus conclusiones, deducidas de las partes históricas de la Biblia, han soportado la prueba del tiempo y aun hoy día sólo necesitan ligeros retoques. Pero resultó completamente errónea su reconstrucción de la historia antigua, para la que dependió de la información clásica secular.

De acuerdo con Newton, Sesac, el Sisac bíblico que despojó el templo de Jerusalén durante el reinado de Roboam, hijo de Salomón, no sólo invadió África y España sino que cruzó el Helesponto y también marchó hacia la India donde levantó columnas de victoria en el río Ganges. Por lo que sabemos ahora, Sisac no emprendió ninguna de esas campañas con la excepción de la que está registrada en la Biblia.

Para Newton, el gran rey Ramsés vivió en el siglo IX AC, en vez del siglo XIII, y ¡fue seguido por los edificadores de las grandes pirámides de Gizeh, Keops, Kefrén y Micerino! Hoy sabemos que esos reyes - de la cuarta dinastía egipcia - vivieron muchos siglos antes y que sus pirámides ya eran monumentos famosos de la gloria de sus constructores en el tiempo de Moisés.

Comentadores de la Biblia que escribieron a comienzos del siglo XIX, como Adam Clarke, se vieron en la misma dificultad de Sir Isaac Newton. Se encontraron en un terreno incierto cada vez que trataron de aclarar la historia bíblica del período prepersa usando los registros antiguos, para colocar los relatos de la Biblia en su marco histórico correspondiente. Por lo tanto, sus explicaciones acerca de hechos históricos son generalmente engañosas.

A comienzos del siglo XIX, las fuentes disponibles para el investigador de la historia antigua eran oscuras y vagas, también distorsionadas y erróneas, y contenían grandes lagunas que no eran reconocibles. También presentaban figuras legendarias como personajes históricos; de modo que era imposible reconstruir una verdadera historia del mundo antiguo.

Aun hoy, con nuestro conocimiento mucho mayor de la historia antigua, estamos todavía muy lejos de una comprensión correcta de todos los sucesos entretejidos en las naciones antiguas y no podemos identificar, en todos los casos, las figuras y acontecimientos descritos por los autores clásicos.

Mediante los descubrimientos arqueológicos posteriores, se ha comprobado que son indignas de confianza las antiguas fuentes documentales preservadas por los escritores griegos y romanos.

Cuando se demostró que una buena parte de la información de los escritores antiguos había sido mal comprendida, o era enteramente falsa, surgió un escepticismo entre los eruditos hacia toda la literatura antigua. Por ejemplo, no sólo se declaró que la Ilíada es una leyenda sino que fue negada la misma existencia de la ciudad de Troya hasta que Enrique Schliemann demostró su existencia mediante sus excavaciones.

El escepticismo provocado por los escritos antiguos - con buen fundamento en muchos casos - también se extendió a los escritos de la Biblia. Muchos pensaron que los registros bíblicos en cuanto a la historia antigua de este mundo, y los relatos en cuanto a los patriarcas, profetas, jueces y reyes, en la mayoría de los casos eran tan legendarios como los de otros pueblos antiguos que nos habían llegado mediante los escritores griegos y latinos.

Los más famosos historiadores y teólogos del siglo XIX fueron los que tuvieron las mayores dudas en cuanto a la veracidad de los relatos de la Biblia y se contaron entre sus críticos más acérrimos.

Desde comienzos del siglo XIX cambió mucho esa actitud. Se muestra mucho más respeto hacia el Antiguo Testamento, sus narraciones y sus enseñanzas que el que se mostraba antes.

Los resultados de las exploraciones en el Cercano Oriente fueron el factor más importante para producir este cambio. Ante el torrente de luz proyectado por la arqueología sobre las civilizaciones de antaño, se destaca el Antiguo Testamento, no sólo como históricamente fidedigno sino también como único en sus alcances, poder e ideales excelsos en comparación con las mejores producciones del mundo antiguo.

Una autoridad en historia, que no reconoce la inspiración de la Biblia, observó acerca de este hecho:

"Juzgado como material histórico, es posible sostener que el Antiguo Testamento se destaca hoy más que cuando su texto estaba protegido por las sanciones de la religión... El historiador... no debiera juzgarlo desde un punto de vista moderno. No debiera comparar el Génesis con Ranke, sino con las producciones de Egipto y Asiria. Juzgada a la luz de sus propios días, la literatura de los judíos es única tanto en alcances como en poder" (James T. Shotwell, An Introduction to the History of History [Introducción a la Historia de la Historia], pág. 80).

Y añade: "Que la perspectiva [del 'deuteronomista'] era realmente excelsa - la mejor del Antiguo Testamento - lo admitirá cualquiera que lea del capítulo quinto al undécimo de Deuteronomio y luego los compare con el resto de la literatura mundial antes del pináculo de la civilización antigua" (Id., pág. 92).

Extensas exploraciones de la superficie y numerosas excavaciones de localidades antiguas sepultadas, no sólo han puesto de manifiesto la evidencia de que han resucitado antiguas civilizaciones delante de nuestros ojos, sino que también nos permite reconstruir la historia antigua y coloca las narraciones de la Biblia en su verdadero contexto histórico.



Se han encontrado claves que capacitan a los eruditos modernos para descifrar escrituras por largo tiempo olvidadas, tales como los jeroglíficos egipcios e hititas, la escritura cuneiforme de Sumer y Babilonia, o los escritos alfabéticos de los antiguos habitantes de Palestina y Siria.

Idiomas muertos durante miles de años fueron resucitados y se han sistematizado su gramática y vocabulario. Las arenas de Egipto y las ruinas del Asia occidental revelaron una riqueza de material literario que había estado oculto y preservado durante milenios. Esto capacita al erudito moderno para reconstruir mucho de la historia antigua de aquellas naciones así como su religión y cultura.

Ciudades como Laquis, Hazor, Meguido y Nínive - por mencionar sólo unas pocas - cuyos nombres aparecen en la Biblia o en otros registros antiguos, pero cuya ubicación era enteramente desconocida, fueron redescubiertas y excavadas.

Fueron sacados a la luz sus templos y palacios arruinados; fueron halladas sus escuelas, bibliotecas y tumbas. Entregaron sus secretos por largo tiempo guardados y contribuyeron al rápidamente creciente aumento del conocimiento en cuanto al mundo antiguo, un mundo en el cual vivieron los personajes de la Biblia y en el cual se produjeron sus sagradas páginas. Se han gastado millones de dólares para recuperar el antiguo Oriente.

Nobles eruditos han dado su riqueza y, en muchos casos, su vida por este propósito, y se han escrito miles de voluminosos tomos para registrar los hallazgos de los últimos dos siglos. Se puede ver la providencia de Dios en ese progreso.

¿De qué otra manera podría explicarse que todo ese material invalorable estuviera oculto de la vista de los hombres durante tantos siglos, cuando nadie hubiera aprovechado de él, y cuando no era necesario establecer que las Escrituras son fidedignas pues nadie las impugnaba?

¿Cómo es que todo ese material salió a la luz cuando era más desesperadamente necesitado para mostrar la veracidad de la Palabra de Dios y la verdad de la historia sagrada?

Un ojo vigilante lo había preservado para el día cuando haría su parte para testificar en favor de la verdad, y cumplir las predicciones de Jesucristo de que, cuando los testigos vivientes cesaran de testificar por él y la verdad, clamarían las mismas piedras.

Para introducir la historia de todo este maravilloso progreso de los esfuerzos de la arqueología en las diversas tierras bíblicas presento unas pocas citas de W. F. Albright - quizá el más famoso orientalista - para mostrar el inmenso beneficio que han recibido los estudios de la Biblia gracias a la investigación arqueológica y el gran cambio que se ha producido en el mundo de los eruditos en lo que respecta a la evaluación que hacen de los relatos de la Biblia.

Dijo en 1935: "La investigación arqueológica en Palestina y las tierras vecinas durante el siglo pasado ha transformado completamente nuestro conocimiento del marco histórico y literario de la Biblia. No aparece más como un monumento de antaño, completamente aislado, como un fenómeno sin relación con su ambiente. Ahora ocupa su lugar en un contexto que está llegando a ser mejor conocido cada año. Colocada [la Biblia] en el marco del Cercano Oriente antiguo, se aclaran innumerables puntos oscuros y comenzamos a comprender el desarrollo orgánico de la sociedad y cultura hebreas. Sin embargo, la peculiaridad de la Biblia, como obra maestra de literatura y como documento histórico, no ha disminuido, y no se ha descubierto nada que tienda a turbar la fe religiosa de judíos o cristianos" (The Archaeology of Palestine and the Bible [Arqueología de Palestina y la Biblia], pág. 127).

El mismo autor se ocupa más o menos ampliamente de los descubrimientos que han refutado las denuncias dogmáticas, y con frecuencia sarcásticas, de los afiliados a la alta crítica - como los de la escuela de Julio Wellhausen - de que la Biblia contiene muchas leyendas, relatos folklóricos y una mitología que también ha sido llamada "fraude piadoso".

Esto hace que llegue a la siguiente conclusión: "Creemos que los eruditos conservadores están completamente justificados en su vigoroso repudio de todos los esfuerzos por comprobar la existencia de inventos fraudulentos y falsificaciones deliberadas en la Biblia. Tienen igualmente razón cuando objetan con todo énfasis la presencia de una mitología espuria y un paganismo tenuemente velado en la Biblia" (Id., pág. 176).
Desde que se escribieron estas palabras, otros descubrimientos - algunos de ellos sensacionales - han testificado que son dignos de confianza los relatos bíblicos y la seguridad de su texto en muchos detalles.

Repasando una gran cantidad de material nuevo, dice Albright: "Los descubrimientos arqueológicos han sido la causa principal del reciente reavivamiento del interés en la teología bíblica, debido a la riqueza del nuevo material que ilustra el texto y el trasfondo de la Biblia... Continúa llegando nuevo material arqueológico que exige la revisión de todos los enfoques pasados en cuanto a la religión tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Se hace más claro cada día que este redescubrimiento de la Biblia con frecuencia lleva a una nueva evaluación de la fe bíblica que se parece muchísimo a la ortodoxia de años pasados. No debe permitirse que una erudición académica ni una irresponsable neoortodoxia aparten nuestros ojos de la fe viviente de la Biblia" ("The Bible After Twenty Years of Archaeology" [La Biblia después de veinte años de arqueología], Religion in Life [Religión en la vida] t.21, pág. 550. Otoño de 1952).

Fuente: Texto Bíblico

20 de junio de 2016

Calendario Hebreo - Meses, Fiestas y Estaciones

El calendario hebreo es un calendario lunisolar, es decir, que se basa tanto en el ciclo de la Tierra alrededor del Sol (año), como en el de la Luna al rodear a la Tierra (mes). La versión actual, por la que se rigen las festividades judías, fue concluida por el sabio Hilel II hacia el año 359. 

Este calendario se basa en un complejo algoritmo, que permite predecir las fechas exactas de luna nueva, así como las distintas estaciones del año, basándose en cálculos matemáticos y astronómicos, prescindiendo desde aquel momento de las observaciones empíricas de que se valieron hasta entonces.

























Fuente: Texto Bíblico

19 de junio de 2016

Calendario Hebreo - Postexílico y Arqueología

DOCUMENTOS JUDÍOS PROVENIENTES DE EGIPTO

El documento de una colonia judía en Egipto, escrito en el mismo siglo de Esdras y Nehemías, indica que también los judíos de Egipto usaban un calendario cuyo año comenzaba en el otoño. Este documento es uno de más de 100, escritos sobre papiros en arameo. Fueron hallados en la isla de Elefantina, en el río Nilo, en las ruinas de una guarnición fronteriza colonizada por mercenarios judíos y sus familias.

Estos papiros arameos de Elefantina (a veces llamados erróneamente papiros de Asuán) forman una de las colecciones de documentos antiguos más interesantes. Hay testamentos, títulos de propiedad, contratos, cartas y otros documentos del siglo V AC, el siglo de Esdras y Nehemías. Entre estos documentos, además de aludirse a los asuntos públicos y particulares de los judíos residentes en la isla, también hay mención de temas tan interesantes como los judíos en Palestina, la pascua, un funcionario mencionado en la Biblia, y un templo judío construido en Elefantina por los colonos.

Estos papiros, algunos de los cuales aún estaban enrollados y con su sello, nos muestran la forma exacta del idioma que hablaban los judíos después del exilio: el arameo, muy similar al hebreo, que se usaba internacionalmente en Babilonia y en todo el Imperio Persa. También nos revelan la ortografía y la caligrafía, la tinta y el "papel" que se empleaban cuando los exiliados regresaron a Palestina. Contienen la fraseología legal de un decreto similar a los que se citan de los archivos persas en el libro de Esdras: los mismos pasajes arameos del libro de Esdras que algunos críticos citaban como pruebas de que dicho libro, según ellos, no era auténtico.

Los antiguos papiros de Elefantina hicieron surgir diferencias de opinión entre los eruditos, y hasta algunos los consideraron como falsificaciones por la forma insólita en que muchos de ellos llevan la fecha. Se trata de una fecha doble, expresada según dos calendarios diferentes, cuyos años de reinado algunas veces parecen no coincidir. Pero estas fechas dobles constituyen una excelente prueba de su autenticidad, porque sincronizan las fechas del calendario egipcio con las del judío, de manera que podemos calcular el día exacto cuando fueron escritas. Estas fechas confirman la cronología de los reinados de ese período según se computa en el Canon de Tolomeo.

Los colonos judíos de Elefantina habían estado en Egipto antes de que Cambises, sucesor de Ciro, conquistase al país y lo transformara en parte del Imperio Persa. No sabemos si llegaron como exiliados después de que Nabucodonosor destruyó a Jerusalén, como lo habían hecho los que se llevaron consigo al profeta Jeremías. Pero las referencias que en estos documentos se hacen a la religión revelan las mismas condiciones que Jeremías había deplorado: la mezcla de paganismo con el culto a Jehová. En el templo judío de Elefantina se adoraba a Jehová junto con las deidades paganas.

No sólo resultan interesantes las fechas y los contenidos de estos documentos judíos, sino que las fechas nos proporcionan información acerca del calendario judío del período.

SE RETIENEN LOS CALENDARIOS LOCALES BAJO EL GOBIERNO PERSA

Cuando Ciro el persa conquistó Babilonia, no la incorporó a Persia bajo un gobierno provincial. Anexó el reino a su primer dominio y tomó el título de rey de Babilonia, además de su título como rey de Media y de Persia. En Babilonia, los persas adoptaron el idioma y la cultura del país como también el calendario babilónico. Los sacerdotes babilonios, custodios del conocimiento astronómico acumulado a través de los siglos, y del sistema del calendario, prosperaron bajo la protección persa e hicieron nuevos progresos en la regulación del calendario.

De la misma manera, cuando Cambises, hijo de Ciro, anexó Egipto al Imperio Persa, dispuso que continuara el sistema de gobierno egipcio, pero se hizo coronar rey de Egipto. Entonces gobernó el país por medio de un gobernador que era nominalmente el virrey del "faraón" persa. Se retuvieron el sistema legal del país y el calendario egipcio.

En épocas posteriores, los romanos siguieron la misma política de permitir el uso de varios calendarios locales más antiguos en las provincias orientales, aunque finalmente en todo el imperio se ajustaron esos calendarios para que coincidieran con el año juliano de 365 días y 1/4; se conservaron los nombres habituales de los meses, pero se ajustó la duración de los mismos para que coincidiera con los meses romanos de 30 y 31 días.

Parece que bajo el gobierno persa en Egipto se preparaban los documentos de acuerdo con las leyes locales, y se los fechaba según el calendario del lugar.

Los papiros de Elefantina, con pocas excepciones, llevan la fecha del día y del mes egipcios, y el año de reinado del rey persa computado según el calendario solar egipcio (comenzado a partir del mes de Thoth). Esto era razonable, pues no se podía esperar que dos ciudadanos comunes que firmasen un contrato en Egipto pudiesen saber cuándo debían realizar el pago o cuándo vencería un contrato, si se daban las fechas de acuerdo con un calendario extranjero.

Pero los documentos en cuestión -los papiros de Elefantina- fueron redactados por judíos que vivían en una comunidad judía y que usaban su propio calendario, diferente del de Egipto. Por lo tanto, muchos de estos papiros llevan fecha doble, no sólo según el calendario oficial egipcio, sino también según el calendario judío.

Por ejemplo, uno de ellos está fechado "en el día 18 de Elul, es decir el día 28 de Pajons, año 15 del rey Jerjes". Esto significa que el documento fue firmado en un día que era el 18 del mes lunar judío de Elul y también el 28 del mes egipcio Pajons, en el año 15 del rey persa Jerjes.

Otro dice: "En el 24 de Sebat, año 13, que es el día 9 de Athyr, año 14 de Darío [II] el rey ". Aquí se dan dos años. En el calendario judío la fecha caía en el año 13, pero en el calendario egipcio ya había comenzado otro año. Por lo tanto, la misma fecha caía en el año 13 de Darío II, según el cómputo judío, y en el año 14 del mismo rey, según el cómputo egipcio.

Estas fechas dobles muestran que los diversos pueblos del Imperio Persa usaron sus propios calendarios, aunque bajo este imperio los egipcios retuvieron -como siempre lo habían hecho- su calendario solar de 365 días, (calendario que finalmente legaron a Roma, y por medio de ésta, a nosotros).

Además, los judíos como minoría en Egipto, tenían libertad para usar su propio calendario, aunque fuese diferente del egipcio. La fecha legal de estos documentos parece haber sido la egipcia, porque cuando aparece una sola fecha es generalmente la egipcia, en la cual se computa el año de reinado según el calendario egipcio. Sin embargo, muchos de estos papiros llevaban fecha doble, tanto la egipcia como la judía.

EL PROBLEMA DE RECONSTRUIR UN ANTIGUO CALENDARIO

Ya que se conoce el calendario egipcio de este período, puede ubicarse el equivalente juliano de la fecha egipcia. Aunque se desconozca el año, puede derivarse del sincronismo de la fecha lunar con la solar, porque la fecha lunar, que se desplaza al menos 10 días en un año, sólo puede concordar con la fecha solar egipcia aproximadamente una vez en 25 años. 
En esta forma estos papiros de doble fecha pueden fecharse según el calendario juliano AC. Usando estas fechas establecidas como puntos de referencia, puede reconstruirse la tabulación del calendario judío usado en Egipto durante buena parte del siglo V, con un mayor grado de precisión de lo que puede lograrse con el calendario babilónico, aunque puede bosquejarse este calendario con aproximación, durante un período mucho mayor.

Puesto que las fechas de muchos de estos papiros pueden fijarse con una variación máxima de un día, en cada caso se conocen las fechas de todo ese mes con la misma precisión. Existe la posibilidad de la discrepancia de un día, o acaso dos, en la fecha exacta de los otros meses de ese año, si el comienzo del mes dependía aún de la observación de la Luna. El tiempo de la luna nueva astronómica, es decir de su conjunción, puede calcularse en base a tablas lunares modernas para cada uno de estos meses, pero varía el intervalo entre la conjunción invisible y la luna nueva visible. 

Si deseamos ubicar las fechas de los antiguos meses judíos, podemos computar por tablas astronómicas el momento de la conjunción en cualquier año de la antigüedad, y calcular el primer día del nuevo mes tomando en cuenta la hora de la conjunción, según la hora de Jerusalén y la velocidad angular de la Luna. Pero nunca podemos estar seguros de haber logrado reconstruir con precisión ese antiguo año calendario según se empleaba entonces, porque no podemos estar seguros de conocer todos los factores variables en la observación de la creciente, ni tampoco sabremos si durante el período comprendido por los papiros arameos de Elefantina se computaba el año por cálculo o por observación.

R.A. Parker y W. H. Dubberstein (1) han reconstruido un bosquejo de la cronología babilónica, comenzando en 626 AC. En esa monografía han publicado tablas babilónicas de calendario que abarcan varios siglos, basadas en ciertas fechas fijas y ciertos registros documentales de la intercalación del 13er. mes, y reforzadas por fechas computadas. Estas tablas son muy útiles como aproximación. Los autores admiten que no existe total certeza en cuanto a la ubicación del 13er. mes intercalado, lo que permite un error de un día de más o de menos en algunos de los meses. Esta sería una aproximación aceptable para la reconstrucción de un antiguo calendario lunar.

Ya que hay tantos elementos variables implicados en la ubicación del primer día del mes, la de los días restantes de cada mes tiene la misma inseguridad. En consecuencia, la luna llena (que puede ubicarse exactamente por cómputo astronómico) no siempre ocurre en el mismo día del mes lunar. En el período de estos papiros variaba entre el día 13 y el 15 del mes.

Aun en los casos en que un antiguo documento fije, sin lugar a dudas, una fecha lunar o una serie de fechas, no puede reconstruirse el calendario más allá de ese mismo año sin que exista la posibilidad de errar por un mes, a menos que se conozca la ubicación del 13er. mes. No fue sino en el siglo IV AC cuando los babilonios regularizaron la intercalación de los 7 meses adicionales dentro del ciclo de 19 años. No sabemos si los judíos siempre intercalaron el mes a intervalos regulares.

Sin embargo, cuando existen antiguos documentos, podemos tener relativa certeza. Si tenemos tablillas babilónicas que nos indican que determinado año tuvo 13 meses, los meses del calendario de ese año babilónico pueden identificarse con razonable seguridad. Y si tenemos un sincronismo que identifique un día de un mes lunar dado con el día de un calendario conocido, como ocurre en el caso de los papiros de doble fecha de Egipto, pueden incluso conocerse los días de ese mes. Por esta razón, durante un buen período del siglo V AC puede reconstruirse con precisión aproximada el calendario judío usado por los autores de estos papiros. Tal calendario, ha sido reconstruido por

Lynn H. Wood y Siegfried H. Horn, (2) y muestra el primer día de cada mes judío del 472 al 400 AC.

CALENDARIO JUDÍO EN EGIPTO

Un estudio de esta tabulación y de los 14 papiros de doble fecha, en los cuales se basa, deja en claro las siguientes características del calendario judío postexílico:

1. Estos judíos fechaban según su propio calendario, en forma ligeramente distinta del sistema babilónico.
2. A diferencia de los persas, pero igual que los judíos repatriados en Jerusalén, computaban los años de reinado del rey a partir del otoño y no de la primavera.
3. A diferencia de los egipcios, pero siguiendo la antigua costumbre de Judá consideraban como "año de ascención" el intervalo entre la ascensión al trono del nuevo rey y del siguiente día de año nuevo, después de lo cual comenzaba el "año primero" del reinado.
4. Habían adoptado, con ortografía aramea, los nombres babilónicos de los meses. Aparecen los 12 en estos papiros.
5. Aunque no se menciona un segundo mes de Adar, los intervalos entre las fechas de ciertos papiros indican el uso de un 13er. mes en diversos momentos.
6. Si no conocían un ciclo fijo de 19 años como tal, evidentemente usaban su equivalente, pues los intervalos entre estos papiros de doble fecha implican un promedio de 7 años de 13 meses en cada ciclo de 19 años.
7. Es probable que estos años judíos de 13 meses cayeran con frecuencia en los mismos años que en Babilonia tenían 13 meses. En la tabulación de Horn y Wood se intercalan los mismos meses que aparecen intercalados en las tablas de Parker y Dubberstein (Babylonian Chronology, edición de 1956), salvo pocas excepciones, como cuando los babilonios intercalaban un segundo Elul en vez de un segundo Adar en el año 17.º de su ciclo, como lo hicieron regularmente -y en tiempos posteriores, invariablemente- después de que el ciclo babilónico quedó fijo.
8. Estos judíos no parecen haber usado el segundo Elul. De tres papiros fechados en los años 17.º del ciclo, cuando esperaríamos encontrarlo, dos no prueban esa costumbre, y uno prueba definitivamente que en ese año no computaron un segundo Elul.
9. Por el momento, la evidencia de que el calendario se hubiera basado en cálculos y no en la observación de la Luna, no es del todo concluyente, pues la relación entre las fechas del calendario y la Luna se ha interpretado de las dos maneras por causa de los factores variables. Pero hay indicaciones de que era calculado hasta cierto punto.
10. Aunque no hay una prueba concluyente de que se hubiese calculado la duración de los meses en este período (No. 9), es interesante notar que una posible sucesión fija de meses de 30 y de 29 días desde Nisán hasta Tishri -lo que daría por resultado un número fijo de días entre la pascua y la fiesta de los tabernáculos- concuerda con las fechas de estos papiros. Un calendario reconstruido basado en esta sucesión concuerda razonablemente con los movimientos reales de la Luna.
11. Hasta donde pueda verse por estos papiros, parece que no se hubiera permitido que el 1º de Nisán tuviese lugar antes del equinoccio de primavera (3). Es decir, que si el mes después de Adar comenzaba antes del equinoccio, se lo consideraba 2º Adar, y se postergaba Nisán hasta el mes siguiente. (Esto contradice la opinión posterior de los rabinos que afirmaron que en el período postexílico la pascua ocurría en la primera luna llena después del equinoccio de primavera).
12. No hay indicaciones de la costumbre de reajustar la duración del año para evitar que la pascua y otras fiestas cayesen en ciertos días de la semana, como se hizo en una revisión del calendario efectuada mucho después del tiempo de Cristo.

Los colonos judíos de Egipto que escribieron estos papiros tenían relaciones con sus hermanos repatriados en Palestina, pero no sabemos si esa relación era suficiente como para permitirles mantener la exacta sincronización de la intercalación del 13er. mes con la práctica seguida en Jerusalén (4).

Es notable que estos papiros de doble fecha, que no podrían haberse conservado en Jerusalén, pero que se han preservado en el clima más seco de una lejana colonia judía en Egipto, hayan surgido ahora para darnos una idea del calendario postexílico en uso.

Estos documentos muestran que los judíos:

A. retenían su propia manera de computar el tiempo, independientemente de sus vecinos egipcios;
B. usaban un sistema diferente del sistema babilónico que empleaban sus gobernantes persas, el cual muchos eruditos suponían que habrían adoptado. Tampoco estos judíos parecen conocer nada de ciertas reglas que se les atribuyen en las tradiciones posteriores de la Mishnah y la Gemara, en los primeros siglos de la era cristiana.

DIFERENCIAS CON EL CALENDARIO RABÍNICO POSTERIOR

El calendario judío y las variantes sectarias del período intertestamentario y de la era cristiana, no interesan a los efectos de nuestro estudio. Pero en la Mishnah, y después en la Gemara, escritas en los primeros siglos de la era cristiana, encontramos unas pocas informaciones en cuanto al calendario judío hacia fines del siglo II DC y en épocas posteriores, mayormente en la forma de tradiciones relacionadas con costumbres anteriores.

En la Mishnah se encuentra la narración del examen de testigos ante el Sanedrín para determinar la aparición de la luna nueva y el anuncio del nuevo mes mediante señales de fuego.

Las preguntas que se hacían en cuanto a la forma exacta de la luna nueva parecen indicar que no se tomaba en cuenta la primera creciente apenas visible, sino la fase posterior (en forma de "cuerno"), lo cual sugiere que pudo haberse computado un intervalo mayor entre conjunción y creciente.

Según otras preguntas, parece que los examinadores no buscaban tanto información como confirmación de conocimientos ya obtenidos mediante cálculos. Ciertamente los rabinos indican que aún se seguía el procedimiento de observar detenidamente la luna nueva mucho después de haberse conocido los principios científicos que posibilitaban el cálculo de la luna nueva.

En los argumentos talmúdicos, muchos de los cuales indudablemente datan hasta del siglo V DC, se aplican erróneamente conceptos posteriores a tiempos anteriores; por lo tanto, deben emplearse con cautela estas enseñanzas tradicionales contradictorias.

Por ejemplo, la suposición de que el 16 de Nisán casi podía haber coincidido con el equinoccio de primavera, se opone a las realidades de la cosecha de la cebada y a la evidencia de los documentos del período postexílico. Las referencias tradicionales a la luna llena de pascua pueden indicar esfuerzos hechos para estabilizar el mes en relación con la luna llena, al menos en Nisán, aunque los papiros del siglo V AC no insinúan siquiera esto.

Es muy probable que en el período del segundo templo los meses se hubieran regulado, al menos en parte, mediante elementos ajenos a la simple observación de mes en mes, pero por las fuentes que ahora poseemos no se puede estar seguro de cuándo habrá comenzado tal cómputo y hasta qué punto fue usado.



Finalmente, después de la destrucción de Jerusalén por los romanos, y la dispersión y persecución de los judíos bajo emperadores posteriores, tuvo que abandonarse la práctica de regular el calendario desde Jerusalén. Se adoptó entonces un esquema arbitrario, a fin de que los judíos de todos los países pudiesen computar las fechas de las fiestas sagradas de un modo uniforme. Desde entonces los judíos en Babilonia o en cualquier otro lugar pudieron regular el calendario por medios artificiales, independientemente de la cosecha de la cebada en Judea o la aparición de la Luna en Jerusalén.

Una vez se pensó que el calendario hoy existente no había cambiado desde el siglo IV, pero ahora la mayor parte de las autoridades en la materia creen que la reforma fue un proceso gradual, ocurrido en el transcurso de varios siglos, la cual incorporó antiguas tradiciones y posteriores perfeccionamientos.

Algunas de las disputas medievales entre los rabinos que abogaban por un calendario fijo y los caraítas que procuraban mantener la regla de la observación y de la cosecha de la cebada, indican que se mantenía aún vivo el problema del calendario. La sucesión que ahora usa el calendario judío, con 7 años de 13 meses en cada ciclo de 19 años y la numeración de los años a partir de una supuesta era de la creación (5), no fue adoptada por los judíos hasta la Edad Media.
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[1] Parker, Richard A., y Dubberstein, Waldo H. Babylonian Chronology, 626 B.C.-75 A.D. 2d ed., Providence, R. 1.: Brown University Press, 1956. 47 págs. Contiene una tabulación del primer día de cada mes del calendario babilónico durante este período, según cálculos hechos con las tablas de la luna nueva, que indican los meses intercalados (decimoterceros) que se conocen por aparecer en antiguos documentos. Es útil la presentación aproximada de las fechas del calendario lunar de Babilonia, aunque existe la posibilidad de un error de un día en algunos meses debido a ciertos factores dudosos.

Al calcular el tiempo exacto de una conjunción que ocurrió hace tantos siglos, existe una cierta incertidumbre inevitable causada por variaciones en los movimientos de la Luna en relación con la Tierra. Esta incertidumbre ha sido estimada de diversas maneras por los astrónomos: en dos o tres horas, o más a menudo, en unos pocos minutos. Este es un alto grado de exactitud, pero una diferencia aun de pocos minutos, si ésta desplaza los primeros momentos en que se hace visible el cuarto creciente para colocarlo antes o después de la puesta de la luna, puede determinar que el primer día del mes lunar sea un día antes o un día después de lo calculado.

Además, al usar estas tablas babilónicas para determinar fechas relativas a Palestina, es posible encontiar a veces dos clases de discrepancias: (1) un día de diferencia, si el cuarto creciente podía verse en Jerusalén un día antes que en Babilonia debido a la diferencia de longitud; y (2) sin mes de diferencia si el decimotercer mes no se insertaba siempre al mismo tiempo en los calendarios babilónico y judío.

[2] Horn, Siegfried H., and Wood, Lynn H. The Chronology of Ezra 7. 2d ed. rev. Washington: Review and Herald, 1970. 192 págs. Esta obra que versa en primer lugar sobre otro tema, contiene capítulos sobre "Antiguos calendarios civiles", "El calendario hebreo preexílico" y "El calendario judío postexílico", como también una detallada explicación de las fechas de los papiros de Elefantina. Aunque trata indirectamente del calendario, judío, presenta documentos y opiniones autorizadas en muchos puntos específicos que tienen que ver con este tema.

[3] A menos que se acepte la divergencia mencionada en la nota 2.

[4] Cierta prueba, no concluyente, ha inducido a algunos eruditos a pensar que en un período los colonos no hicieron el reajuste debido: que por intercalar un número suficiente de meses adicionales permitieron que su calendario se apartase del ciclo normal de 19 años, lo que dio como resultado el comienzo del año en una fecha muy adelantada y que entonces, por causa de una relación más estrecha con el judaismo que resurgía en Palestina, corrigieron el error intercalando el 13er. mes con más frecuencia. Facilmente podría haber ocurrido esto, pero la evidencia se basa en fechas dobles no concluyentes o discutidas. Si esto hubiera ocurrido, sería interesante conocer la causa. Posiblemente se hubiera debido a que en el sur de Egipto, la cosecha de cebada, más precoz que en Palestina, no podía servir de guía.

[5] Los años 3º, 6º, 8º, 11º, 14º, 17º y 19º de cada ciclo, contados a partir de un comienzo teórico en 3761 AC.